ISABEL PALACIOS, LA ARTISTA
 
  Autor: María Fernanda Palacios
 
     
 

Es esta una memoria vocal y cultural que rinde cuenta de una diversidad de tradiciones musicales, de épocas y de estilos, ensartadas en una misma y sola pasión: se canta lo que se ama. Allí es donde hay que buscar el impulso que ha guiado a Isabel Palacios a través de expresiones tan distantes y disímiles que van de la lírica tradicional sefardita a las canciones de Kurt Weil, de la música barroca y medieval a la canción popular moderna; de la villanella al jazz, de las arias italianas a las coplas andaluzas. Si hay algo singular en este vasto proyecto musical es la capacidad única del arte de Isabel para combinar y pasar de un estilo a otro, de una cultura a otra: de la aspereza y vivacidad de las canciones tradicionales, a la estilización y rigor de la música clásica; del tono individual e irónico de la modernidad al trasfondo anónimo y coral de la música antigua. En esa disponibilidad, en esas continuas metamorfosis, se intuye algo que va más allá del mero virtuosismo. Repito: ella sólo canta lo que ama. Y es que el amor consigue acoplarse mejor que cualquier técnica al espíritu que anima cada una de esas tradiciones.

Su vocación fue siempre, desde que era una niña, “hacer música”. El verbo hacer enfatiza la dimensión artesanal de esa vocación al mismo tiempo que la aleja del virtuosismo del intérprete. Es decir, creo que Isabel en vez de cultivar “su” carrera musical, ha dejado que la música cultivara su vida. Desde temprano sintió especial atracción por la música antigua, y si bien el estudio y la interpretación de la música medieval, renacentista y barroca marcan la orientación fundamental de su trabajo, nunca dejó de cultivar paralelamente un vivo interés por la tradición moderna, culta y popular. De allí el vasto panorama temporal, lingüístico y cultural que conforman esta “memoria” de canciones. Ya en 1976, el maestro Abraham Abreu, presentando el primer disco de Isabel, escribió que ella “…ha cultivado una amplia gama de estilos y de autores. La facilidad con que es capaz de pasar de una chanson del siglo XVI al más autentico folklore venezolano ha dejado muy claro que en ella se unen con armonía perfecta el talento musical y la inteligencia interpretativa.” Agreguemos tan sólo que en arte, la inteligencia para interpretar supone sobre todo una intuitiva sensibilidad.

A Isabel le interesan las peculiaridades de cada cultura; de allí que su trabajo no consista, como el de otros, en “estilizar” y “adaptar” esa diversidad a su voz. Por el contrario, ella entrega su voz -como instrumento al fin- para que cada cultura la pulse a su antojo, sometiéndola a sus propios acentos y rigores. Así que cuando ella trabaja una canción, esa canción la está trabajando a ella.

Sensibilidad e inteligencia, emoción y reflexión, son las facultades que Isabel consigue armonizar cada vez que ordena un repertorio y cada vez que ensaya una canción. Esta actitud le exige un esfuerzo paradójico: dejarse llevar por lo que canta, sin perder el rumbo de su propias posibilidades vocales.

Sabemos que hoy por hoy son muchas las cantantes que destacan por sus cualidades exclusivamente vocales, por el poder de su voz; las apreciamos sensorialmente. A Isabel hay que escucharla, además, con un oído interno. Su voz no es un poder; repito: es un instrumento. Con la voz ella nos conduce a otro territorio más sutil, menos audible, más hondo. Su voz es el instrumento de una sensibilidad y una inteligencia musical poco común, capaz de sumergirse en una tradición musical y sacar a la luz lo hay en ella de más vivo. Ella sabe, como dijo el poeta, que si las melodías que escuchamos son dulces, las que no se escuchan son más dulces aún…

La vida, esa imprevisible sucesión de encuentros, herencias, afinidades e inclinaciones fue exponiendo a Isabel a influencias tan disímiles como poderosas a las que ella supo responder intuitivamente, abriéndose así a una educación poco libresca que trascendía lo exclusivamente musical. Estamos pues ante un largo trabajo de impregnación anímica que corre paralelamente al estudio formal y filológico y que, en cierto modo, lo precede. De manera que, al lado de una sólida y vasta formación como músico, Isabel despliega una cultura, en el verdadero sentido de esta palabra. Como dijo Teresa de la Parra: “cultura no significa conocimiento ni talento artístico. Yo creo que la cultura es el control de todos los sentimientos por la honradez, es la armonía, la elegancia moral ante sí mismo.”

 
     
     


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